El pasado lunes 9 de septiembre, la colonia La Campiña de Culiacán se vio sacudida por una serie de balaceras que marcan el inicio de una guerra interna dentro del Cártel de Sinaloa. Esta confrontación se gestó cuarenta y seis días antes, cuando Joaquín Guzmán López, hijo de ‘El Chapo’, obligó a Ismael ‘El Mayo’ Zambada a entregarse junto a él a las autoridades estadounidenses. Esta traición ha desatado una lucha por el control de Culiacán entre los dos clanes más poderosos del narcotráfico en Sinaloa.
Esta fractura interna es la más reciente en una organización con una historia de enfrentamientos y disputas. En 2008, la captura de Alfredo Beltrán Leyva llevó a su hermano Arturo a declarar la guerra a otros clanes, incluido el de los Zambada, lo que desencadenó una ola de violencia que duró hasta 2011 y dejó miles de muertos y personas desaparecidas en Sinaloa.
La actual guerra, que comenzó el 25 de julio, se ha caracterizado por una escalada en la privación de la libertad de personas como principal forma de violencia. En los últimos 140 días, Sinaloa ha registrado 601 asesinatos y 750 personas desaparecidas, revirtiendo la falsa sensación de paz que se había vivido en la región bajo las administraciones de Quirino Ordaz Coppel y Rubén Rocha.
Esta nueva disputa por el control del territorio sinaloense ha sumido a la población en el miedo y ha provocado una parálisis económica en la región. La incertidumbre y la violencia reinan en Culiacán, mientras los cárteles luchan por el dominio de una de las plazas más importantes del tráfico de drogas en México. La guerra está lejos de terminar y las consecuencias para la población son impredecibles.
