El Alcalde, una comunidad rural de unas 300 personas en Apatzingán, Michoacán, se ha convertido en un pueblo fantasma debido a los enfrentamientos armados entre cárteles que han obligado a sus habitantes a abandonar sus hogares. El suelo brilla con la luz del sol reflejando miles de casquillos de bala esparcidos por las calles, mientras que las fachadas de las casas presentan impactos de proyectiles y las puertas y ventanas están destrozadas. La iglesia y la escuela, utilizadas como refugio, también muestran daños por bombas lanzadas desde drones. Los caminos de acceso están sembrados de minas, convirtiéndose en una peligrosa ruleta rusa para quienes se aventuran a transitar por ellos. Lamentablemente, un agricultor perdió la vida recientemente al pisar una de estas minas. La situación en El Alcalde y en la vecina El Guayabo es desoladora, con los residentes viviendo un clima de guerra constante caracterizado por la violencia y el miedo.